Por Herling Sanhueza Yáñez, Psicóloga Clínica, Terapeuta de Pareja y Familia — Chile
Introducción
«¿Quién sufre más una ruptura, los hombres o las mujeres?» es una de las preguntas que con más frecuencia surge tanto en consulta como en conversaciones cotidianas sobre el fin de una relación de pareja. La sabiduría popular ofrece respuestas contradictorias: por un lado, la imagen del hombre que «no muestra» su dolor pero tarda años en rehacer su vida; por otro, la idea de que las mujeres son las que «sufren de verdad» una ruptura, lloran más, hablan más del tema y tardan más en salir de casa. Ambas narrativas conviven en el imaginario colectivo, y ninguna de las dos es del todo errónea.
La evidencia científica reciente —particularmente un conjunto de estudios longitudinales publicados entre 2015 y 2025 con muestras de miles de personas seguidas durante años— permite ir más allá de la anécdota y responder con precisión: sí existen diferencias de género en cómo se atraviesa una ruptura, pero no son las que el sentido común suele asumir, y dependen crucialmente de qué se está midiendo: la intensidad del dolor inicial, la duración del malestar, o el tiempo que toma reconstruir una vida satisfactoria en soledad. Este artículo revisa esa evidencia y propone una lectura clínica de sus implicancias.
¿Quién sufre más una ruptura? El origen de una pregunta mal planteada
Antes de revisar los datos, vale la pena notar que la pregunta «¿quién sufre más?» es, en sí misma, ambigua. Sufrir una ruptura puede significar cosas distintas: sentir un dolor emocional o físico más agudo en el momento del quiebre; presentar síntomas depresivos o ansiosos más intensos en los meses siguientes; tardar más tiempo en alcanzar niveles de bienestar comparables a los previos a la ruptura; o sentirse menos satisfecho con la vida en soltería y desear con más urgencia una nueva pareja. Como se verá, la evidencia muestra que hombres y mujeres pueden diferir en algunas de estas dimensiones y no en otras —lo que explica buena parte de la aparente contradicción entre estudios.
La evidencia longitudinal: dos estudios, un patrón convergente
La caída en bienestar es real, y no es simétrica
Preetz (2022) analizó datos del panel alemán pairfam —2.631 personas observadas a lo largo de 11.219 años-relación— para modelar, mediante regresión de efectos fijos, el efecto de la disolución de relaciones no convivientes sobre la satisfacción vital y la salud mental. Se encontró una caída significativa en ambas dimensiones tras la ruptura, confirmando que el malestar post-disolución no es exclusivo de matrimonios o convivencias formales. Pero el hallazgo más relevante para esta discusión es la asimetría de género: los hombres mostraron un declive más profundo y una readaptación considerablemente más lenta en satisfacción vital —sostenida por varios años en algunos casos—, mientras que las mujeres, aunque también afectadas, se reajustaron con mayor rapidez.
Los hombres declinan más y anhelan más una nueva pareja
Un estudio reciente publicado en Psychology and Aging replica y extiende este patrón con una muestra alemana de 1.530 personas que experimentaron una ruptura entre 2013 y 2021, seguidas mediante cuestionarios anuales (Wahring et al., 2025). El diseño permitió comparar el curso del bienestar antes y después de la separación entre hombres y mujeres, controlando quién había iniciado la ruptura. Los resultados muestran que los hombres inician la separación con menor frecuencia que las mujeres, declinan más en bienestar general tras la ruptura, incrementan más su sensación de soledad, están menos satisfechos con la vida en soltería y expresan un deseo más intenso de iniciar una nueva relación. Estos hallazgos son notablemente consistentes con los de Preetz (2022), pese a provenir de muestras y ventanas temporales distintas.
El contrapunto: cuando la evidencia dice que las mujeres sufren más
Frente a estos dos estudios convergentes, existe una línea de investigación distinta —de tradición más psicológica-evolutiva— que llega a una conclusión aparentemente opuesta. Morris, Reiber y Roman (2015) encontraron que las mujeres reportan un dolor emocional y físico inicial significativamente más intenso que los hombres tras una ruptura. Sin embargo, el mismo estudio documenta que ellas también reportan una recuperación más completa a mediano plazo. Es decir: mayor intensidad de dolor agudo, pero no necesariamente mayor malestar sostenido en el tiempo.
Reconciliar los hallazgos: intensidad no es lo mismo que duración
Leídos en conjunto, estos estudios no son contradictorios si se distingue con precisión qué variable se está midiendo. La evidencia sugiere un patrón consistente: las mujeres tienden a experimentar un dolor inicial más agudo e intenso, pero procesan la pérdida y se readaptan con mayor rapidez; los hombres, en cambio, tienden a mostrar una reacción inicial más contenida, pero un malestar más prolongado y una readaptación más lenta —especialmente en su satisfacción con la vida en soltería—. Esta distinción entre intensidad aguda y duración del malestar es, quizás, el hallazgo más clínicamente útil de toda esta literatura: la pregunta relevante no es «quién sufre más» sino «qué forma toma el sufrimiento de cada persona, y en qué ventana temporal».
Mecanismos que explican la asimetría
Quién inicia la ruptura
Un factor que atraviesa esta literatura es que las mujeres inician las rupturas —tanto matrimoniales como no matrimoniales— con más frecuencia que los hombres (Wahring et al., 2025). Haber tomado la decisión de terminar la relación se asocia consistentemente con un mejor ajuste posterior: mayor sensación de control, menor sorpresa ante el quiebre y más tiempo de preparación emocional. Esto por sí solo explica una parte importante de por qué los hombres, que con más frecuencia ocupan el rol de «dejados» antes que de «quienes deciden dejar», muestran un curso más lento de readaptación.
Apego y estrategias de afrontamiento
Más allá del género, el estilo de apego y las estrategias de afrontamiento explican una porción sustancial de la varianza en malestar post-ruptura. Gehl et al. (2024) muestran, mediante un modelo autorregresivo de rezagos cruzados, que la ansiedad de apego previa a la ruptura predice síntomas depresivos y ansiosos posteriores, mediados por estrategias de afrontamiento específicas —particularmente el autocastigo y la acomodación—, incluso controlando estadísticamente por género. Esto sugiere que, si bien existen patrones agregados por género, las variables intrapsíquicas individuales explican una parte igual o mayor del malestar que el género por sí solo.
Apoyo social y contexto
El acceso y uso de apoyo social también modula el proceso. Van der Watt et al. (2023), en un estudio con estudiantes universitarios sudafricanos, identificaron que la disponibilidad de apoyo social percibido es uno de los factores más consistentemente asociados a un menor distrés post-ruptura, más allá del género de la persona. Esto es clínicamente relevante porque los hombres, en promedio, tienden a reportar redes de apoyo emocional más reducidas que las mujeres, lo que podría contribuir —de forma indirecta, no biológica— a su readaptación más lenta.
Trayectorias, no promedios
Como se ha discutido en profundidad en otro artículo de este mismo espacio clínico, la evidencia sobre trayectorias de recuperación (Shulman et al., 2026) muestra que no todas las personas —independientemente de su género— siguen un mismo curso: una mayoría se recupera de forma relativamente rápida y estable, mientras que un subgrupo minoritario sostiene malestar alto durante años. El género parece actuar como un moderador de la probabilidad de pertenecer a uno u otro grupo, no como un determinante absoluto. Esta precisión importa: no todo hombre atraviesa una readaptación lenta, así como no toda mujer se recupera con rapidez. Además, la investigación disponible ha sido conducida mayoritariamente con parejas heterosexuales, por lo que su aplicabilidad a otras configuraciones de género y orientación sexual aún requiere más evidencia específica.
Implicancias para la práctica clínica
Para el trabajo clínico, esta evidencia sugiere algunas líneas concretas. Primero, evitar psicoeducar con generalizaciones de género que puedan invalidar la experiencia particular del paciente («los hombres no sufren tanto», «las mujeres siempre superan mejor las rupturas»): los promedios poblacionales no predicen el caso individual. Segundo, indagar activamente el rol de apoyo social en pacientes varones, dado que la evidencia sugiere que este es un recurso protector infrautilizado en ellos. Tercero, explorar quién tomó la decisión de terminar la relación y cómo eso se relaciona con la sensación de control sobre el proceso, independientemente del género de quien consulta. Cuarto, sostener que un malestar inicial más agudo (más frecuente en mujeres según Morris et al., 2015) no equivale a peor pronóstico a mediano plazo, y que un malestar inicial más contenido (más frecuente en hombres) tampoco garantiza una recuperación más rápida.
Preguntas frecuentes
¿Los hombres sufren más las rupturas que las mujeres?
No de forma simple. La evidencia longitudinal muestra que los hombres tienden a mostrar un declive más prolongado en bienestar y una readaptación más lenta a la vida en soltería (Preetz, 2022; Wahring et al., 2025), pero otros estudios muestran que las mujeres reportan mayor intensidad de dolor emocional agudo al momento de la ruptura (Morris et al., 2015). Son dimensiones distintas del sufrimiento.
¿Por qué los hombres tardan más en readaptarse después de una ruptura?
La evidencia disponible apunta a al menos tres factores: inician la ruptura con menor frecuencia que las mujeres (lo que se asocia a menor sensación de control), reportan redes de apoyo social más reducidas, y muestran mayor deseo de una nueva pareja como fuente de bienestar (Wahring et al., 2025).
¿Esto significa que las mujeres no sufren rupturas de forma significativa?
No. Las mujeres muestran, en promedio, una reacción emocional inicial más intensa que los hombres (Morris et al., 2015) y también presentan caídas significativas en satisfacción vital y salud mental tras una ruptura (Preetz, 2022). La diferencia está en la trayectoria posterior, no en si el malestar inicial es real.
¿Estos hallazgos aplican a parejas del mismo sexo o a personas no binarias?
La evidencia revisada proviene mayoritariamente de muestras de parejas heterosexuales en Europa. La investigación sobre trayectorias de recuperación en otras configuraciones de género y orientación sexual es todavía limitada, por lo que estas conclusiones no deberían extrapolarse sin más evidencia específica.
Conclusión
La pregunta de si hombres o mujeres sufren más una ruptura no tiene una respuesta simple porque, en rigor, no es una sola pregunta. La evidencia longitudinal reciente sugiere que las mujeres tienden a experimentar un dolor inicial más intenso pero se readaptan con mayor rapidez, mientras que los hombres muestran una reacción inicial más contenida pero un malestar más prolongado y una readaptación más lenta a la vida en soltería. Detrás de esta asimetría no hay una explicación puramente biológica, sino una combinación de quién inicia la ruptura, qué estrategias de afrontamiento se despliegan, y cuánto apoyo social está disponible y se utiliza. Para la práctica clínica, el mensaje central es evitar generalizar por género y, en cambio, evaluar estos mecanismos de forma individual en cada persona que consulta.
Disclaimer
Este artículo tiene fines exclusivamente educativos e informativos, y resume evidencia científica publicada en revistas revisadas por pares. No constituye un diagnóstico, tratamiento ni consejo psicológico individualizado, y no reemplaza una evaluación profesional. Los hallazgos aquí descritos corresponden a promedios y tendencias estadísticas observadas en poblaciones específicas (mayoritariamente muestras europeas y de parejas heterosexuales); no predicen ni determinan la experiencia de ninguna persona en particular. Si atraviesas actualmente una ruptura de pareja y sientes que tu malestar interfiere de forma significativa con tu vida cotidiana, o si experimentas ideación suicida o autolesiva, te recomendamos buscar apoyo profesional de un psicólogo clínico o acudir a un servicio de salud mental o línea de crisis de tu país.
Referencias bibliográficas (APA 7ª edición)
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Wahring, I. V., Neyer, F. J., Hoppmann, C. A., Ram, N., & Gerstorf, D. (2025). Men and women transitioning to singlehood in young adulthood and midlife. Psychology and Aging, 40(2), 117–136. https://doi.org/10.1037/pag0000859
Herling Sanhueza Yáñez es psicóloga clínica y terapeuta de pareja y familia, con más de 20 años de experiencia clínica, docencia universitaria y certificación como supervisora clínica. Atiende de forma presencial en Chile y países hispanos. Este artículo forma parte del trabajo de divulgación clínica basada en evidencia. @herling.sanhueza — «Hacia lugares que hacen sentido.»