El apego adulto como matriz explicativa de las relaciones intermitentes


Autora: Herling Sanhueza Yáñez, Terapeuta de Pareja y Familia

Chile — 12 de septiembre de 2026

Introducción

La teoría del apego constituye, desde hace más de cinco décadas, uno de los marcos explicativos más robustos para comprender la manera en que los seres humanos construyen y sostienen sus vínculos afectivos a lo largo del ciclo vital. Aunque su formulación original se centró en la relación temprana entre el niño y sus cuidadores, la investigación posterior ha mostrado con suficiente consistencia que esos patrones de vinculación se proyectan hacia la adultez, moldeando la forma en que las personas jóvenes inician, mantienen y —con frecuencia— rompen sus relaciones de pareja (Bowlby, 1969).

Un fenómeno que ha concentrado especial atención clínica en los últimos años es el de las llamadas relaciones intermitentes: vínculos que se organizan en torno a ciclos sucesivos de ruptura y reconciliación, sin que ninguna de las dos partes logre estabilizar el vínculo ni disolverlo por completo. Como psicóloga clínica especialista en terapia familiar y de pareja, he podido constatar en el trabajo con adultos jóvenes que este patrón rara vez es azaroso: suele estar sostenido por estilos de apego ansioso o desorganizado, y tiende a acompañarse de un deterioro progresivo del bienestar emocional de quienes lo protagonizan.

El propósito de este artículo es ofrecer una revisión clínica y académica de la relación entre apego adulto y relaciones intermitentes, integrando evidencia empírica reciente con observaciones derivadas de la práctica clínica. Se abordan, en primer lugar, los fundamentos teóricos del apego y su expresión en la adultez emergente; en segundo lugar, la dinámica específica del ciclo de ruptura y reconciliación y su asociación con sintomatología ansioso-depresiva; y, finalmente, las principales estrategias terapéuticas con respaldo empírico para abordar estos patrones.

Marco teórico: de Bowlby a los modelos contemporáneos de apego

John Bowlby definió el apego como un sistema conductual innato orientado a mantener la proximidad con una figura protectora, cuya función primordial es garantizar la supervivencia y la regulación emocional del individuo (Bowlby, 1969). A partir de esta premisa, la investigación posterior distinguió cuatro configuraciones principales de apego —seguro, ansioso, evitativo y desorganizado—, cada una asociada a patrones diferenciados de regulación emocional, expectativas relacionales y estrategias de afrontamiento frente al estrés interpersonal.

El apego seguro, resultado habitual de experiencias de cuidado consistente y sensible, se vincula con una mayor capacidad para tolerar la incertidumbre relacional y para sostener una perspectiva equilibrada ante los conflictos de pareja. El apego ansioso, en cambio, se caracteriza por una hipervigilancia frente a señales de posible abandono y por una necesidad marcada de validación externa. El apego evitativo se organiza en torno a la desactivación de las necesidades de cercanía como estrategia defensiva, mientras que el apego desorganizado —frecuentemente asociado a historias de crianza traumática o inconsistente— combina elementos ansiosos y evitativos, generando patrones relacionales especialmente erráticos.

Resulta importante subrayar que estas configuraciones no deben entenderse como categorías fijas, sino como tendencias dimensionales que pueden expresarse con distinta intensidad según el vínculo específico y el momento vital de la persona. Esta flexibilidad es, precisamente, la que habilita el trabajo terapéutico: si el apego fuera enteramente estable, el margen de intervención clínica sería mínimo.

Estilos de apego en la adultez emergente

La adultez emergente —periodo marcado por la consolidación de la identidad y la búsqueda activa de autonomía— constituye un momento evolutivo en el que los estilos de apego se ponen a prueba de manera particularmente visible. La evidencia disponible indica que el apego seguro se asocia sistemáticamente con niveles más altos de satisfacción en las relaciones románticas, mientras que los estilos ansioso y evitativo predicen menor satisfacción relacional (Gurjar, 2026).

En el caso del apego ansioso, la investigación con adultos emergentes ha mostrado que las memorias tempranas de ansiedad de separación se asocian de forma significativa con un mayor apego ansioso en la adultez, sin que esa misma asociación se observe con el apego evitativo (Bassi et al., 2022). Este hallazgo sugiere que las experiencias infantiles de separación dejan una huella diferenciada según el estilo de apego que finalmente se consolida, un dato relevante al momento de reconstruir la historia relacional de un consultante.

La calidad del sistema familiar de origen continúa operando como variable explicativa en esta etapa: un estudio reciente examinó la relación entre el conflicto parental percibido y el estilo de apego desarrollado en jóvenes adultos, confirmando que las dinámicas familiares tempranas siguen siendo un factor relevante para comprender los patrones relacionales actuales (Khatri y Kewalramani, 2026). Clínicamente, esto se traduce en jóvenes adultos con apego ansioso que oscilan entre la euforia ante señales de cercanía y la inseguridad frente a cualquier indicio de distanciamiento, y en jóvenes con apego evitativo que privilegian el logro personal o profesional por sobre la construcción de vínculos íntimos, a menudo a costa de un vacío emocional que rara vez verbalizan de manera espontánea.

El ciclo de ruptura y reconciliación: relationship cycling

Las relaciones intermitentes —descritas en la literatura como relationship cycling— se definen por la alternancia recurrente entre ruptura y reconciliación dentro de una misma pareja, sin que se alcance una resolución estable en ninguna de las dos direcciones. Este patrón es más frecuente entre personas con apego ansioso o desorganizado, para quienes la incertidumbre relacional actúa como un reforzador paradójico del vínculo: la amenaza intermitente de pérdida reactiva el sistema de apego con mayor intensidad que la estabilidad misma.

La evidencia longitudinal respalda la relevancia clínica de este fenómeno: un estudio que siguió a más de quinientas personas en relaciones de pareja encontró que el patrón de ruptura y reconciliación repetida se asocia con un incremento sostenido de síntomas depresivos y ansiosos, efecto que puede persistir más de un año después de evaluado el patrón inicial (Monk et al., 2022). Este dato es especialmente relevante para la práctica clínica, ya que desplaza el foco de intervención desde el episodio de ruptura puntual hacia el patrón cíclico como tal.

La literatura reciente aporta además una vía explicativa complementaria: el apego ansioso parece operar como mediador entre emociones displacenteras —particularmente la tristeza— y la inclinación hacia conductas adictivas, incluido el consumo problemático de sustancias (Fuchshuber et al., 2024). Esto permite matizar la comprensión clínica del fenómeno: no es únicamente la inestabilidad relacional la que genera malestar, sino el modo en que el apego ansioso amplifica la respuesta emocional frente a dicha inestabilidad, favoreciendo estrategias de afrontamiento desadaptativas.

El desgaste acumulado de estos ciclos tiene, además, un correlato en la autoestima: la imposibilidad de consolidar una base segura suele derivar en un incremento de la autocrítica y en la construcción de narrativas de autodesvalorización —la creencia de ser «difícil de amar» o «imposible de satisfacer»— que con frecuencia se extienden más allá del ámbito relacional, afectando el desempeño académico o profesional.

Efectos en el sistema relacional y transmisión intergeneracional

El impacto de los patrones de apego ansioso o evitativo no se circunscribe al individuo, sino que se proyecta sobre el sistema relacional en su conjunto. En el plano de la pareja, la necesidad de validación constante propia del apego ansioso puede generar una sobrecarga emocional en la otra persona, mientras que la desactivación afectiva propia del apego evitativo tiende a traducirse en comunicación superficial y en una sensación difusa de desconexión.

Esta dinámica adquiere una dimensión adicional cuando se considera su proyección intergeneracional. Un estudio realizado con cientos de familias mostró que el apego adulto de los progenitores actúa como mediador en la transmisión de los estilos de crianza: la manera en que los padres fueron criados influye en su propio apego, y este, a su vez, moldea las prácticas de crianza que despliegan con sus hijos (Shiraishi et al., 2022). En familias donde predomina el apego ansioso parental es frecuente observar patrones de sobreprotección, que pueden favorecer el desarrollo de inseguridad en los hijos; en familias donde predomina el apego evitativo, en cambio, tiende a instalarse una comunicación emocional restringida que perpetúa, en la generación siguiente, patrones relacionales evitativos.

Desde la práctica clínica, este hallazgo refuerza la pertinencia de intervenir no solo sobre el síntoma individual, sino sobre el sistema familiar y de pareja en su conjunto, fortaleciendo la comunicación abierta y el establecimiento de límites claros como estrategias centrales para modificar dinámicas relacionales disfuncionales.

Abordajes terapéuticos basados en evidencia

El abordaje terapéutico de los patrones de apego admite distintas aproximaciones, cuya selección debe ajustarse a las características particulares de cada caso. La terapia cognitivo-conductual (TCC) resulta útil para identificar y modificar los pensamientos y comportamientos disfuncionales asociados al miedo al abandono, mientras que la terapia de pareja centrada en el apego ofrece un espacio estructurado para reconstruir la confianza y mejorar la comunicación entre ambos miembros del vínculo.

Entre los modelos con mayor respaldo empírico se encuentra la Terapia Focalizada en las Emociones (EFT), que conceptualiza los conflictos de pareja como interrupciones del vínculo de apego. Un metaanálisis reciente confirmó que la EFT continúa siendo uno de los tratamientos de pareja más eficaces, con beneficios que se sostienen incluso años después de finalizado el proceso terapéutico (Spengler et al., 2022/2024). En la práctica clínica, este enfoque suele integrarse con elementos del Método Gottman, particularmente cuando el apego ansioso o evitativo sostiene ciclos repetitivos de conflicto.

La Terapia Basada en la Mentalización (MBT) constituye un recurso especialmente pertinente para el apego desorganizado, en la medida en que fortalece la capacidad de la persona para reflexionar sobre sus propios estados mentales y los de su pareja, favoreciendo una comprensión más clara de cómo estos impactan en el vínculo. La Terapia Dialéctico-Conductual (DBT), por su parte, aporta herramientas concretas de regulación emocional y tolerancia al malestar, particularmente relevantes para el trabajo con apego ansioso.

Un principio clínico que conviene enfatizar es que ninguna de estas herramientas opera de manera aislada: el trabajo con el apego ansioso requiere, casi siempre, una combinación de intervención individual y de pareja. Mientras el espacio individual permite reconocer el origen de los miedos al abandono y desarrollar tolerancia a la incertidumbre relacional, el espacio de pareja habilita la práctica de nuevas formas de comunicación en tiempo real, con el terapeuta como facilitador del proceso. En los casos de relaciones intermitentes, esta combinación resulta particularmente valiosa, pues permite abordar tanto los patrones individuales de apego como la dinámica cíclica que ambos miembros de la pareja sostienen, muchas veces, sin proponérselo.

Conclusión

La evidencia revisada sugiere que las relaciones intermitentes no constituyen un fenómeno azaroso, sino la expresión relacional de patrones de apego ansioso o desorganizado que encuentran, en la incertidumbre del ciclo de ruptura y reconciliación, una forma paradójica de mantener activado el vínculo. Comprender esta dinámica desde el marco de la teoría del apego permite a la clínica intervenir no solo sobre el síntoma —ansiedad, sintomatología depresiva, consumo problemático de sustancias— sino sobre su matriz relacional de origen. La combinación de abordajes centrados en el apego, como la EFT, la MBT y la DBT, junto con un trabajo simultáneo en los planos individual y de pareja, ofrece hoy el marco de intervención con mayor respaldo empírico para modificar estos patrones y favorecer la construcción de vínculos más estables.

Referencias bibliográficas

Bassi, G., Mancinelli, E., Spaggiari, S., Lis, A., Salcuni, S., & Di Riso, D. (2022). Attachment style and its relationships with early memories of separation anxiety and adult separation anxiety symptoms among emerging adults. Università degli Studi di Padova.

Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.

Fuchshuber, J., Andres, D., Prandstätter, T., Roithmeier, L., Schmautz, B., Schwerdtfeger, A., & Unterrainer, H.-F. (2024). Influence of anxious attachment on the relationship between primary emotions and substance-related addictive behaviors. Frontiers in Public Health, 12. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1380539

Gurjar, T. (2026). Attachment styles and relationship satisfaction among young adults (20–25 years). International Journal of Indian Psychology, 14(1). https://doi.org/10.25215/1401.170

Khatri, A., & Kewalramani, S. (2026). Relationship between parental conflict and attachment style in young adults. International Journal of Indian Psychology, 14(1). https://doi.org/10.25215/1401.183

Monk, J. K., Ogolsky, B. G., et al. (2022). Relationship cycling and psychological distress among young adults: A longitudinal study. Family Relations. University of Missouri.

Shiraishi, N., Murakami, M., Goto, Y., & Kitamura, T. (2022). Intergenerational transmission of child-rearing styles mediated by adult attachment: A structural equation model approach. PCN Reports, 1(3). https://doi.org/10.1002/pcn5.22

Spengler, P. M., Lee, N. A., Wiebe, S. A., & Wittenborn, A. K. (2022/2024). A comprehensive meta-analysis on the efficacy of emotionally focused couple therapy. Couple and Family Psychology: Research and Practice, 13(2), 81–99. https://doi.org/10.1037/cfp0000233

Publicado por herlingsanhueza

Psicóloga Clínica, especialista en Terapia de Pareja y Familia.

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